LA DIFICULTAD CONTEMPORÁNEA DE ACOMPAÑAR EL DOLOR
En las sociedades contemporáneas, las relaciones
de amistad se organizan en torno a normas de positividad emocional y control
afectivo. Es de observar que nunca antes habíamos estado tan conectados y, sin
embargo, muchas personas padecen una profunda soledad emocional.
Las redes sociales y los contactos digitales
propician encuentros mediáticos y físicos a través del intercambio de
historias, memes y pequeñas charlas; pero, al mismo tiempo, cada vez más
personas sienten que no tienen con quién hablar honestamente cuando experimentan
tristeza, ansiedad, miedo o sufrimiento.
Se comparten alegrías, pero no el sufrimiento.
Pareciera que la amistad contemporánea tolera mejor la diversión que el dolor.
Existe un temor silencioso que se traduce en no
querer molestar a los demás o parecer “muy negativos”; también existe el temor
a perder amistades o a ser juzgados por el sufrimiento propio. Esta situación
genera un aislamiento muy particular: vivir rodeados de personas, pero sentirse
emocionalmente solos. Cuando en una sociedad no hay espacios legítimos para
compartir el sufrimiento, este se interioriza, creando ansiedad, agotamiento
afectivo, aislamiento y soledad.
Históricamente, la amistad no era solo para
compartir entretenimiento, sino también para acompañar en tiempos difíciles:
crisis familiares, enfermedades, fracasos, incertidumbre y duelo. El amigo
sostenía emocionalmente. Actualmente, muchas amistades se sostienen mientras
todo sea diversión, entretenimiento y positividad. Podríamos decir que se trata
de una “positividad vincular”: vínculos que se mantienen mientras todo sea
felicidad y alegría.
El sufrimiento prolongado causa incomodidad y,
cuando alguien manifiesta dolor, aparecen frases ya elaboradas y repetidas por
todos, como: “No pienses negativamente”, “No seas dramático”, “No es para
tanto”, “Llénate de energía positiva”, entre otras que, aunque se dicen con
buena intención, pueden hacer sentir al otro que no debe expresar su dolor por
ser una carga y que debe esconderlo para no incomodar.
El duelo es donde la dificultad para acompañar se
hace más notoria. En nuestra sociedad, la muerte tiende a invisibilizarse.
Además, el duelo no es algo que pueda apurarse ni que tenga un límite de tiempo
establecido. Una persona puede pasar meses o años en duelo; eso dependerá de
cada individuo. En experiencias personales de pérdida, como la muerte de un
padre, el proceso de recuperación emocional puede extenderse durante años, y en
algunos casos no llega a cerrarse del todo. De allí que se produzca un choque
con una cultura de la aceleración, la productividad y el bienestar permanente.
Antiguamente, las personas morían en compañía de
familiares y amigos; la comunidad acudía a la casa del moribundo, presentaba
sus respetos y hacía acto de presencia. Hoy en día, muchas veces se muere en
soledad o únicamente acompañado por la familia más cercana. Al principio, los
dolientes reciben apoyo y compañía, pero, pasado un tiempo, se espera que ya
estén bien y regresen a su vida habitual sin expresar dolor ni sufrimiento.
Las frases más comunes que suelen decirse son:
“Tienes que seguir adelante”, “Ya pasó mucho tiempo”, “Debes recuperarte”,
“Debes ser fuerte”, “Él o ella no querría verte triste”, entre otras similares
que se dicen desde el cariño, pero que hacen sentir a quien sufre que no
debería sentirse triste y que debe esconder su dolor. Por ello, muchas personas
tratan de demostrar fortaleza y sonreír cuando, en realidad, están destrozadas
interiormente.
El sociólogo Hartmut
Rosa, en su teoría sobre la resonancia, nos dice que una
relación, para que tenga resonancia, no se trata solo de llevarse bien, tener
química o estar de acuerdo; se trata de crear una relación significativa y
transformadora, donde el otro responde realmente y algo cobra vida en el
encuentro. Es una experiencia intensamente emocional, en la que se validan los
afectos y existe una escucha atenta.
Sin embargo, el proceso de aceleración de la sociedad moderna podría
pensarse como una forma de “desresonancia afectiva” caracterizada por todo lo
contrario de lo que plantea Rosa: se crean relaciones muy superficiales y
funcionales, sin soporte ni reconocimiento emocional, sin afectarse
emocionalmente ni transformarse a través de la resonancia.
Rosa habla del “small talk”, refiriéndose a
charlas ligeras y sin contenido profundo. En una sociedad donde estamos cada
día más conectados, también estamos cada vez más solos emocionalmente. Es una
paradoja, pero forma parte de una realidad que cobra cada vez más fuerza. En un
mundo acelerado, el tiempo es un factor clave para no detenerse en
conversaciones más profundas; se vive en contra del tiempo, por lo que las
charlas ligeras son las que prevalecen. Sin embargo, dice Rosa, podría ocurrir
que una charla ligera sea la puerta hacia una conversación más profunda donde
surja resonancia; es una posibilidad.
A su vez, el filósofo alemán Martin Heidegger nos habla
de la “charla inauténtica”, o Gerede en alemán. Heidegger
describe una forma de conversación basada en frases repetidas y opiniones
prefabricadas que circulan socialmente sin una comprensión auténtica de la
experiencia vivida. Heidegger plantea que una charla auténtica parte de la
experiencia de la persona, lo que le da la capacidad de comprensión real del
tema que trata. Una frase como: “Todo el mundo dice que…”, sería una expresión
inauténtica o Gerede, propia de una
conversación superficial, ya que, aunque pueda contener algo de verdad, no
parte de una experiencia personal.
Hoy en día, a pesar de vivir muy conectados
socialmente, muchas personas no pueden decir “No estoy bien” ni expresar sus
emociones o angustias sin sentirse juzgadas o mal vistas por ello. Es algo
parecido a una cultura en formación, producto de la aceleración de la sociedad
moderna. Y aunque siguen existiendo personas que apoyan y contienen
emocionalmente, cada vez parecen ser menos.
Una relación de amistad no puede sostenerse solo
en el bienestar inmediato; se hace necesario acompañar el sufrimiento,
validarlo y reconocerlo como una experiencia humana legítima.
Una de las grandes crisis emocionales
contemporáneas podría residir no en la falta de contacto social, sino en la creciente
incapacidad de permanecer junto al dolor ajeno sin intentar silenciarlo,
corregirlo o evitarlo.
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