NAVIDAD EN LA CASA DEL RECUERDO
Un diálogo con
mi padre desde el otro lado del tiempo
Este año la Navidad llegó más despacio, como si
el tiempo se alargara arrastrando recuerdos y memorias añejas.
Las luces del árbol parpadean en silencio, como si también ellas esperaran
algo… o a alguien.
Cada año decoramos el pequeño árbol de magnolias
del jardín. Desde el otoño, sus pequeñas hojas amarillas comienzan a
desprenderse y a volar, quedando totalmente desnudo, con sus delgadas ramas al
viento. Ponerle luces es algo que me gusta mucho; ver desde la ventana cómo
prenden y apagan me genera paz, pero también nostalgia. Nostalgia de la patria
amada, de la familia lejana, de tantos momentos compartidos entre risas y
alegría.
Cierro los ojos un momento, y los recuerdos
vienen a mi mente, a mi corazón.
En la casa paterna veo a mi mamá preparando su
torta negra de frutas maceradas, receta caraqueña de su familia. Allí está, con
sus cabellos grises y su delantal bordado, batiendo la mezcla, concentrada en
no olvidar ningún ingrediente. Desde la radio encendida en la cocina se
escuchan los aguinaldos —“Niño lindo, ante ti me rindo”— mientras mi hermano
limpia las hojas de las hallacas en una mesa, repitiendo las estrofas de la
canción y, de tanto en tanto, comiéndose las aceitunas que descansan en un platito
junto con los demás ingredientes.
Escucho la voz de mi papá preguntarme:
—¿Ya pusiste el pesebre?
Y yo, respondiendo que ya está listo en el mismo rincón de siempre, en el
porche.
“Y no pongas al Niño Jesús todavía, sino después de las doce de la noche”, dice
mi papá en tono jocoso, “porque a ti te gusta ponerlo antes”, y se ríe.
Su voz me llega claramente, como si fuera ayer.
Lo veo mover el guiso para las hallacas en esa gran olla; toma la cuchara de
palo, lo prueba y dice que está “de rechupete”, palabra que usaba para decir
que estaba delicioso.
Mi papá habla de las navidades en su tierra
natal, en el pueblo donde creció junto a sus padres y hermanos: una gran
familia. Recuerda las comidas que preparaba mi abuela y los juegos entre
hermanos para divertirse, en esas montañas andinas donde los frailejones bailan
al compás del viento. Allí creció mi padre.
Yo, sin embargo, le cuento cómo son las navidades
en este país; cómo el tiempo se alarga arrastrando las horas en medio del
silencio, el viento helado, la nieve, las ausencias y la distancia de los seres
queridos, vivos y muertos.
La mesa en la Nochebuena parece demasiado grande. Muchas sillas vacías: las de
los ausentes, los que están lejos y los que ya partieron.
Tan diferentes a las navidades en la casa
paterna: toda la familia reunida, todos felices, hablando, riendo, cada uno
ayudando a preparar una parte de la cena. Los niños pidiendo luces de bengala,
los adultos tomando un Ponche Crema de Eliodoro González. “Al mío con hielito
picado, que así es más sabroso”, dice mi hermana mientras termina de amarrar,
con esmero, una hallaca.
Las ausencias tienen eso: se hacen infinitas,
abren espacios que no se llenan sino con los recuerdos. Esos que trae el viento
helado de diciembre, y que hacen que cada uno ocupe un lugar en el corazón de
quien recuerda y extraña.
—¿Sabes algo, papá? —le digo— Siempre quise que
vinieras a Bélgica, pero no se dio la oportunidad. Ahora ya estás muy lejos, en
donde mis brazos no pueden alcanzarte… pero mi corazón sí.
—Yo siempre quise ir —responde—, pero me enfermé y ya no pude recuperarme. Sigo
estando cerca, muy cerca; tú me sientes, y lo sabes.
Nos quedamos callados. El silencio suena a viento
fuerte, a brisa que pasa entre las ramas, a nostalgia que agacha la cabeza y
llora.
En algún punto entre este mundo y el suyo, las campanas comienzan a sonar.
—¿Sabes qué me enseñaste sin querer, papá? —le
digo— Que la muerte no sabe de distancias cuando hay amor en la memoria.
—Y tú me enseñas algo a mí —responde—: que la Navidad no se acaba con el año,
sino con el olvido.
El reloj marca la medianoche.
Levanto mi copa hacia el vacío que no lo es, porque allí estás tú: completo en
la memoria, entero en la ternura.
—Feliz Navidad, papá.
—Feliz Navidad, hija. No dejes que se apague la luz del árbol; a veces paso a
mirarla.
Y así, entre lo que fue y lo que sigue siendo,
brindamos los dos:
por las navidades que nos unieron,
por las que nos separaron,
y por las que aún nos esperan,
en ese lugar, más allá, donde nunca se
apaga el amor.
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