LA ILUSIÓN DE LA INMORTALIDAD DIGITAL

La búsqueda de la inmortalidad ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. Las religiones imaginaron distintas formas de vida después de la muerte; la filosofía reflexionó sobre la permanencia del ser; la ciencia ha intentado prolongar la existencia mediante avances médicos y biotecnológicos. En las últimas décadas, sin embargo, ha surgido una posibilidad diferente: la tecnología ya no promete evitar la muerte biológica, sino mantener activa una presencia digital capaz de seguir interactuando con los vivos.

Esta nueva forma de permanencia ha producido lo que algunos llaman inmortalidad digital, un fenómeno que plantea profundas preguntas sobre la memoria, el duelo y la manera en que la sociedad contemporánea se relaciona con la muerte.

El término thanatotecnología combina la palabra griega Thanatos, que personificaba la muerte, con el concepto de tecnología. Se utiliza para describir aquellas herramientas tecnológicas vinculadas con la muerte, el duelo, la memoria y la continuidad de los vínculos después del fallecimiento. Más que intentar vencer a la muerte, estas tecnologías buscan transformar la forma en que convivimos con la ausencia.

El hombre busca desesperadamente el remedio para la muerte de modo de prolongar la vida, leemos sobre criogenización,  terapias genéticas y otros recursos creados para de un modo u otro poder preservar el cuerpo o la vida misma, aún después de muertos, de allí la inmortalidad digital de la cual ya hay tantas herramientas que favorecen la ilusión de que la persona amada fallecida puede estar muerta y viva a la vez.

Uno de los ejemplos más conocidos son los llamados bots de duelo. Mediante inteligencia artificial, estos sistemas analizan fotografías, vídeos, grabaciones de voz y conversaciones para construir un avatar capaz de responder como si fuera la persona fallecida. Algunos funcionan únicamente mediante texto o voz; otros reproducen también la imagen y los gestos del difunto, permitiendo mantener conversaciones que pueden resultar muy realistas.

Desde una perspectiva sociológica, el fenómeno resulta especialmente interesante. Durante siglos, los muertos permanecieron presentes porque los vivos hablaban de ellos, conservaban sus cartas o transmitían sus recuerdos. Hoy, la inteligencia artificial introduce una novedad: los muertos ya no solo son recordados, sino que parecen responder.

En este punto podemos relacionar la teoría de sistemas de Niklas Luhmann. Para este autor, la sociedad se construye mediante procesos de comunicación. Las personas permanecen socialmente presentes mientras continúan siendo comunicadas, los bots de duelo llevan esa lógica un paso más allá: ya no solo mantienen vivo el recuerdo del fallecido, sino que generan la impresión de una comunicación recíproca. Aunque esa respuesta es producida por un algoritmo y no por la persona fallecida, la experiencia subjetiva del doliente puede ser la de estar conversando nuevamente con alguien a quien creía perdido para siempre.

También la teoría del Actor-Red de Bruno Latour ayuda a comprender este fenómeno. Latour propone que la vida social no está formada únicamente por personas; también participan objetos, tecnologías y otros elementos no humanos que influyen en las relaciones. Desde esta perspectiva, un bot de duelo puede entenderse como un actor no humano que modifica la manera en que los vivos experimentan la ausencia. No sustituye al fallecido, pero interviene activamente en la relación que el doliente mantiene con su memoria.

Diversas investigaciones han señalado que estas tecnologías pueden producir efectos muy distintos. Algunas personas encuentran consuelo al escuchar nuevamente la voz de un ser querido o al mantener conversaciones que les ayudan a expresar emociones difíciles. Otras, en cambio, experimentan una dependencia emocional hacia el sistema o dificultades para aceptar la realidad de la pérdida. Incluso una falla técnica o la desaparición del servicio puede convertirse en una especie de segunda pérdida.

La investigadora Paulina Morales Aguilera, al estudiar la relación entre muerte y nuevas tecnologías, muestra que este fenómeno no se limita a los bots conversacionales. También existen cementerios virtuales, memoriales digitales y tumbas con códigos QR que permiten acceder a fotografías, vídeos, biografías y mensajes de quienes han fallecido. El espacio del recuerdo deja de estar limitado al cementerio físico y comienza a extenderse al ciberespacio, donde la memoria puede permanecer disponible de forma permanente y desde cualquier lugar del mundo.

Todo ello refleja una transformación propia de la modernidad tal y como señala el sociólogo Hartmut Rosa, la aceleración tecnológica modifica continuamente nuestra manera de relacionarnos con el tiempo, con los otros y con nosotros mismos. La muerte no escapa a ese proceso. Hoy también el duelo se encuentra atravesado por tecnologías que alteran las formas tradicionales de recordar, despedirse y mantener el vínculo con quienes ya no están.

La inmortalidad digital, sin embargo, no hace inmortal a nadie. Lo que prolonga no es la vida, sino ciertas formas de presencia construidas mediante datos, algoritmos y sistemas de inteligencia artificial. Por primera vez, la tecnología permite que la memoria deje de ser únicamente un ejercicio humano para convertirse también en un proceso tecnológico.

La cuestión ya no consiste en preguntarnos si la inteligencia artificial podrá vencer a la muerte. La pregunta verdaderamente sociológica es otra: ¿cómo cambiará nuestra manera de vivir el duelo cuando los muertos parezcan seguir respondiendo?

 


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