¿TEMEMOS MORIR O DEJAR DE
VIVIR?
Hay momentos en la vida
en que nos enfrentamos a una pregunta
muy temida: ¿Me voy a morir?, sobre todo después de un diagnóstico médico,
durante una cirugía, tras un accidente, una enfermedad, una hospitalización o
cuando el paso de los años nos recuerda que la vida tiene un final.
Tendemos a pensar que el
miedo a la muerte es un instinto natural pero deberíamos reflexionar en si solo
únicamente biológico o si también es el resultado de un largo proceso de
aprendizaje social, ¿nace con nosotros o lo aprendemos?
Hace algún tiempo comencé
a observar un fenómeno que se repetía en varias personas mayores conocidas o de
mi familia, bastaba una pequeña dolencia, una caída sin mayores consecuencias o
un malestar pasajero para que apareciera una reacción desproporcionada: un
profundo temor a la muerte. No se trataba solamente de preocupación por la
enfermedad sino de un auténtico pánico ante la posibilidad de que la vida
estuviera llegando a su fin.
Aquella observación me
llevó a formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿por qué tememos tanto a
la muerte?
La muerte es un hecho
biológico; el miedo es, en gran medida, una construcción social.
Si el miedo fuera exclusivamente
biológico, ¿por qué las personas lo experimentan de maneras tan distintas? ¿Por
qué algunas hablan de la muerte con serenidad mientras otras apenas pueden
pronunciar la palabra? ¿Por qué existen culturas donde la muerte se recuerda
con familiaridad y otras en donde se convierte en un tema casi prohibido?
Desde que somos niños
comenzamos a formarnos una idea de la muerte a través de los demás. Vemos
llorar a nuestros padres cuando fallece un familiar y asociamos la muerte con
tristeza, llanto y sufrimiento. Escuchamos conversaciones sobre ausencia y
pérdida, asistimos a funerales, si nos llevan, en donde el silencio es más fuerte que las palabras, vemos que todos
visten de negro, es el “luto”, nos
explican, por respeto al difunto. Poco a poco vamos formando una imagen,
incluso antes de comprender qué significa morir.
Más adelante aparecen
otros aprendizajes contradictorios. La religión ofrece distintas explicaciones
sobre lo que sucede después de la muerte, para algunos existe el cielo; para
otros, el purgatorio o el infierno. Se promete el cielo o paraíso a los que hacen
buenas obras y se portan bien.
Philippe Ariès, en Historia
de la muerte en Occidente, describe
cómo durante buena parte de la Edad Media muchas personas realizaban donaciones
a la Iglesia, fundaban obras de caridad o encargaban misas por sus almas
convencidas de que estas prácticas favorecían su salvación. Más allá de la
dimensión religiosa, estas acciones muestran cómo las creencias sobre el más
allá moldeaban la forma en que las personas enfrentaban el miedo a la muerte.
Algunas personas
sostienen que después de la muerte no existe absolutamente nada y otras creen
en la reencarnación, en que una misma
alma reencarna sucesivas veces en otros cuerpos. En los últimos años también
han cobrado notoriedad los relatos de quienes afirman haber vivido experiencias
cercanas a la muerte y describen túneles de luz, una profunda sensación de paz
o el encuentro con seres queridos. Por otro lado, la muerte es un tema tabú del
que se evita hablar de ser posible ya que genera incomodidad.
Lo que llama la atención
es que todas estas interpretaciones intentan responder la misma pregunta, pero
llegan a conclusiones muy diferentes. Cada persona termina construyendo su
propia representación de la muerte a partir de creencias familiares, la religión,
la cultura, las experiencias personales, los medios de comunicación e incluso
las conversaciones cotidianas. Es lo que nos lleva a preguntarnos cómo una
sociedad produce determinadas formas de sentir frente a la muerte.
Desde las Ciencias
Sociales lo fundamental no es determinar cuál de esas explicaciones es
verdadera, sino comprender cómo esas creencias influyen en la manera en que
vivimos y afrontamos nuestra propia mortalidad.
Es posible que el miedo
no nazca solo de múltiples relatos que compiten entre sí o del misterio que
rodea a la muerte. Crecemos escuchando respuestas distintas para una misma
pregunta, sin que ninguna de ellas pueda imponerse de modo definitivo. Esa
incertidumbre puede convertirse en una fuente de permanente inquietud.
Bajo la expresión “miedo a la muerte” pueden esconderse muchos
miedos diferentes. No sabemos si realmente tememos a la muerte o si tememos
otras cosas que asociamos con ella como el dolor, dejar solos a quienes amamos,
no haber cumplido nuestros sueños o sentir que nos faltaron cosas por hacer,
metas que lograr.
No sabemos a ciencia
cierta qué sucede después de la muerte. Las religiones, la filosofía, la
espiritualidad y diversos investigadores han ofrecido distintas respuestas a lo
largo de la historia. La sociología no puede resolver ese misterio pero sí
puede ayudarnos a comprender cómo las sociedades construyen significados
alrededor de la muerte y cómo esos significados moldean nuestros temores,
esperanzas y nuestra forma de vivir. Aprendimos a temer la muerte más de lo que
aprendimos a comprenderla, todo parece indicar que una parte importante de ese
miedo surge no de la finitud de nuestro cuerpo sino de un largo proceso de
aprendizaje social.
Comprender que el miedo a
la muerte es resultado de aprendizajes, silencios y creencias acumuladas
durante toda una vida no hará desaparecer ese miedo. Pero es posible que nos
permita mirarlo con otros ojos porque aquello que comprendemos deja de ser un
territorio completamente desconocido.
Posiblemente nunca podamos conocer qué ocurre después de la muerte pero sí podemos decidir cómo vivir el tiempo que nos ha sido dado: cómo amar, cómo acompañar, y cómo valorar a las personas queridas que forman parte de nuestra vida. La conciencia de la muerte no debería alejarnos de la vida sino recordarnos la importancia de cada momento compartido y el amor que debe perdurar siempre en cada día vivido.
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