UNA MIRADA A LA MUERTE DESDE GEORG SIMMEL
Georg
Simmel nace el primero de marzo de 1858 en la ciudad de Berlín y muere en
Estrasburgo el 26 de septiembre de 1918. Fue un filósofo, sociólogo y crítico
alemán considerado como uno de los fundadores de la Sociología Moderna. Formó
parte de la primera generación de sociólogos alemanes y junto con Ferdinand Tönnies, Max Weber y Rudolf
Goldscheid, formaron la Sociedad Alemana de Sociología.
Estudió las formas sociales que se dan a través de las interacciones y las relaciones que se establecen entre el individuo y la sociedad. Fue un gran observador de la vida cotidiana y escribió numerosos ensayos sobre diferentes temas. Además, fue un destacado conferencista cuyas conferencias atraían a numerosos interesados en sus reflexiones.
El tema que abordaré en este artículo es su mirada hacia la muerte y cómo la comprendía dentro de la existencia humana.
En
el año 1910, ocho años antes de su muerte, Georg Simmel escribió su
ensayo titulado "Para una metafísica de la muerte", en este trabajo
plantea, entre otras cosas, lo siguiente:
“La
cultura de la vida más interior está en toda época en estrecha interacción con
la significación que adscribe a la muerte: éstos son sólo dos aspectos de un
comportamiento fundamental unitario…la muerte está ligada a la vida desde
antemano y desde el interior…la muerte es desde el comienzo un momento
configurador del continuo transcurso vital. La vida exige de sí a la muerte
como su contrario, como lo otro, hacia lo que se torna algo y sin lo cual este
algo no tendría su sentido y forma específicos. En esta medida, vida y muerte
están en un escalón del ser como tesis y antítesis”.
El
hombre nace con la muerte incorporada a su vida y la muerte lo acompaña a lo
largo de ella, la muerte no es el fin sino un extremo de la vida. Es desde la
muerte y con la muerte cómo se configura la vida, vida y muerte son
complementarias y a la vez contrarias. Simmel alegaba también que, al morir,
regresamos al estado anterior que teníamos antes de nacer. Para él, la muerte
no es el fin, no representa una desaparición, sino una transformación en el
orden de la existencia, la vida siempre sigue.
En el documento titulado Georg
Simmel en Estrasburgo (1914-1918) y tres entrevistas con un testigo: Charles
Hauter (1888-1981), por Heribert J.
Becher (publicado en la Revista Colombiana de Sociología, núm. 31, julio-diciembre, 2008, pp. 69-81
de la Universidad Nacional de Colombia ), se recoge lo siguiente:
“Los años de Simmel en Estrasburgo
estuvieron marcados por el espectro de la muerte, que en su caso tuvo una doble
presencia: de una parte, su estancia coincidió con los años de una guerra que
fue especialmente mortífera y marcó a más de un pensador de la época; de otra
parte, desde 1915, parece ser, registró la enfermedad que acabará con su vida
antes de que el país reencuentre la paz”.
“En ese momento, Simmel sabía que
su fin estaba próximo. Se había instalado en Offenburgo, a pocos kilómetros de
Estrasburgo, al otro lado del río Rin, en el hotel Traube y
constantemente estaba bajo el efecto de sedantes. El profesor Veil lo había
examinado poco antes y le había anunciado que le quedaban entre cinco y seis
meses de vida. No obstante, continuó escribiendo. Cuando Hauter le pregunta a
la esposa de Simmel durante este periodo acerca de noticias, ella le respondió:
“¡no me pregunte cómo está él!” y a continuación, su respuesta es aún más
lacónica: “está muriendo”. Hauter nos describió a un Simmel muy sereno respecto
de la muerte”.
Simmel es un extranjero en Estrasburgo, su intención era permanecer en Heidelberg, Alemania, pero su candidatura para ser profesor en la Universidad de esa ciudad, fue rechazada, por lo que debe resignarse a radicarse en Estrasburgo, Francia. Allí escribe sus últimas obras que están marcadas por lo metafísico. Simmel padecía de cáncer de hígado, que al parecer, era hereditario en su familia.
Simmel
aceptaba su muerte como algo natural, como parte de la vida, ya que creía que
la muerte atravesaba toda la vida del hombre desde su nacimiento, era parte
vital de ella.
A
respecto Heribert J. Becher escribe lo siguiente en el documento mencionado
anteriormente:
“Sus últimos trabajos estarían
inspirados por esta idea de que la muerte no es el fin, es solamente el punto
extremo de la vida. Hauter me responde que, en efecto, Simmel consideraba que
la muerte era algo que atravesaba toda la vida. Cita el artículo Sur
metaphysik des Todes (1910), en el que Simmel expresa su punto de
vista sobre la muerte, según el cual ésta no se reduce simplemente a ser el fin
de la vida, sino que es una parte de la definición de ésta: “Todo lo que vive
es mortal”. Una persona muere algún día, mientras que una estatua griega no
muere jamás.”
Para Simmel, con la muerte, el ser humano regresa al estado anterior que tenía antes de nacer, en donde continua viviendo.
En su ensayo titulado "Para una metafísica de la muerte " publicado en 1910, escribe lo siguiente:
“Así
como en el instante de nuestro nacimiento no estamos ahí, sino que, más bien,
va naciendo constantemente algo de nosotros, de igual modo tampoco morimos en
nuestro último instante”.
En
el documento de Heribert J. Becher se recogen las siguientes frases:
“La
muerte no era, pues, para Simmel el apogeo de la vida, sino un retorno al
estado anterior a la vida.”
“…al
momento de su muerte sólo le quedaron al autor de la Soziologie más
que doscientos marcos.”
“Georg
Simmel no dejó algún recuerdo tangible diferente a su tumba en el cementerio de
Cronenburgo en la ciudad de Estrasburgo. Como lo afirmó Hauter, siguiendo en
esto la filosofía de Simmel “una tumba es sólo un monumento. Ésta no tiene nada
que ver con la muerte”.
Georg
Simmel, un filósofo y sociólogo brillante, muere sin dejar nada
material y es enterrado en Estraburgo, lejos de su patria de origen. En este
sentido vale relacionar algunos pensamientos que escribe en su ensayo
“Digresión sobre el extranjero” que forma parte de su libro Sociología también conocido como Gran Sociología, escrito en 1908. Simmel extraña volver a
Heidelberg, de hecho en la entrevista que hace Heribert J. Becher a Charles
Hauter (antiguo alumno y asistente de Simmel durante su estancia en Estrasburgo)
leemos lo siguiente:
“Las memorias de Simmel, así como
sus cartas, siempre evocan que él se sentía bien en Heidelberg y que siempre
quiso regresar allí. Le pregunté a Charles Hauter cómo vivió Simmel su estancia
en Estrasburgo, si de alguna manera estuvo allí resignado, más que otra cosa,
como a menudo se ha afirmado. Le pregunté también si Simmel no había
considerado instalarse definitivamente en Estrasburgo y terminar allí su vida.
Hauter me respondió que Simmel siempre prefirió Heidelberg y lamentaba el
fracaso de su candidatura a la universidad de esa ciudad. Él habría aceptado
instalarse en Estrasburgo, en gran parte porque le era posible acceder
fácilmente a Heidelberg, tomando el último tren de la noche le era posible ir y
volver en el mismo día”.
Como vemos Simmel sentía nostalgia
y añoraba volver a Heidelberg, su decisión de vivir en Estrasburgo se debía a
la cercanía con Heidelberg.
Al respecto encontramos en la
“Digresión del extranjero” de Simmel lo siguiente:
“El extranjero al que aquí nos referiremos no es el nómada que llega hoy y
parte mañana, no el que llega hoy y mañana se queda; o, por así decir,
el emigrante potencial, que, aunque se haya detenido, aún no ha superado la ausencia de vínculo propia del ir y venir. Se ha retenido en un determinado círculo espacial -o
un círculo cuya delimitación es análoga a las fronteras espaciales-, pero su posición dentro del mismo está esencialmente determinada por el hecho de que no pertenece al círculo desde siempre
y trae consigo unas cualidades que ni proceden ni pueden proceder del círculo mismo.”
Simmel no pertenecía a Estrasburgo, prefería su país natal, hubiera querido permanecer en Heidelberg en la Universidad dando clases, pero no fue posible. Por lo tanto, Simmel se convierte en el extranjero que estando cerca se siente lejos, ya que en un mismo día podía ir y venir de Heidelberg tomando un tren.
Volviendo al tema de su muerte, es necesario nombrar a las dos mujeres que formaron parte de su vida sentimental, su esposa Gertrud Kinel, y su alumna y asistente Gertrud Kantorowicz. Cuando Simmel estaba enfermo y ya tenía conocimiento del tiempo de vida que le restaba, expresó su deseo de que a su entierro solo acudiera su esposa, ya que ese era “su deber” (Tres entrevistas con un testigo: Charles Hauter, 1888-1981, Heribert J. Becher). Pero en el mismo documento, relata Becher, que el día del funeral ambas fueron juntas en la misma carroza, lo que nos muestra que esa última voluntad de Simmel no fue cumplida como él deseaba y que la muerte obvia en esos momentos cualquier distancia, celos o rivalidad que pudiera haber existido.
En
otro artículo escrito en francés por Claudia Portolli del departamento de
Filosofía de la Universidad “Alma Mater Studiorum” de Bologna,
Italia, titulado “La tumba de Simmel en la oscuridad” (La
tombe de Simmel dans l'obscurité) podemos encontrar información sobre el estado
de su tumba en el cementerio de Cronenburgo, en donde reposan sus restos. En
este artículo la autora comenta, entre otras cosas, algunas impresiones como el
estado ruinoso de la tumba en donde ni siquiera hay una placa conmemorativa a
su nombre, además de estar casi totalmente cubierta de hiedra que no permite
leer el nombre completo. Dice, también, que quizá por ser un
desconocido en ese país no se le dio el reconocimiento que merecía, su origen
judío que tantas veces le obstaculizó en vida muchos de sus deseos pudiera
haber sido la causa o el ser alemán de origen. Para finalizar, agrega que
Simmel debería ser considerado europeo y reconocido como tal, dando a conocer su tumba y rescatando su memoria en ese lugar en donde yacen
sus restos. Acompañan su artículo dos fotos de la tumba de Simmel tomadas por
Césare Salami.
En
el documento Georg Simmel en Estrasburgo (1914-1918) y tres
entrevistas con un testigo: Charles Hauter ( 1888-1981), por
Heribert J. Becher” se recoge esta frase de Hauter:
“Como lo afirmó Hauter, siguiendo
en esto la filosofía de Simmel “una tumba es sólo un monumento. Ésta no tiene
nada que ver con la muerte”. Y en el mismo documento, al final, se lee: “de
manera coherente con lo que escribió sobre su concepción de la vida, consideró
como algo obvio que la muerte le retirara sus vínculos sociales: él estuvo, en
el sentido estricto, todesfähig, es decir, dispuesto a morir”.
Definitivamente la muerte no es el
fin, las obras y el pensamiento Simmeliano siguen vivos actualmente y cobran
cada vez más importancia en el estudio de la modernidad y de las sociedades
modernas. George Simmel sigue vivo no solamente en sus obras sino en la
capacidad de su pensamiento para continuar interrogando nuestra relación con la
vida, la muerte y la modernidad.
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